Ordesa, maravilla de la naturaleza.

Llevaba tiempo queriendo ir a Ordesa en pleno Pirineos (Huesca)  ya que un buen amigo me lo había recomendado encarecidamente. Él me hablaba maravillas de aquel lugar al que no ha dejado de ir desde que lo descubrió. Desde casa teníamos 5 h y 16 minutos yendo por la A-62, disponíamos de 4 días y salimos un viernes después de comer. Nos dirigíamos a Torla, un pueblo precioso, puerta de entrada a Ordesa. Esta vez miré un camping, ya que eran fechas complicadas y por aquella zona que está muy protegida no dejan pernoctar en cualquier lugar. Llegamos de noche y uno de los chicos que trabajaba en el complejo nos fue enseñando varias plazas disponibles hasta que nos quedamos con una que no estaba del todo mal. El camping se encontraba un poco en cuesta y bastante repleto de autocaravanas y furgonetas. Después de preparar todo, bajar equipajes, hacer la cama y cenar algo ligero nos metimos a dormir. Recuerdo que me costó conciliar el sueño, no podía dejar de pensar en la ruta que haríamos al día siguiente. Las expectativas eran altas por lo que me habían contado del lugar.

Nos levantamos temprano, desayunamos y emprendimos camino con nuestras mochilas y los bastones por un sendero empedrado que nos llevaba desde el camping “Rio Ara” en el que estábamos alojados hasta Torla donde cogeríamos las entradas para subir en autobús hasta la pradera. La mejor época para ir es otoño por los colores que presentan los bosques, pero nosotros fuimos a finales de Agosto, pillamos masificación. Con el fin de proteger el entorno, entre el 26 de junio y el 31 de agosto se restringe el acceso y se prohíbe llegar a la pradera de Ordesa en coche. Otro dato importante a tener en cuenta… La capacidad máxima del Valle de Ordesa es de 1.800 personas simultáneas. El servicio de transporte público se suspende cuando se alcanza ese número, por razones de conservación del Parque Nacional. Por eso en verano es importante madrugar para estar de los primeros en subir.

Después de haber conseguido los tikets para subir en autobús (el precio es de 4´50 Euros ida y vuelta) tuvimos que hacer una cola de más de 1h de la cantidad de gente que había. Los buses salen y llegan cada 20 minutos. Yo iba pegado a la ventana así que veía el paisaje de maravilla y a pesar de que son conductores experimentados que hacen ese trayecto entre Torla y Ordesa casi con los ojos cerrados no podía estar más nervioso. Se arrimaban demasiado al borde del asfalto dejándome ver barrancos muy pronunciados. Para colmo después de una curva, donde la carretera se estrechaba, nos topamos con otro autobús que venía de vuelta. El conductor paró porque ambos vehículos no pasaban a la vez y dio marcha atrás lentamente hasta que la anchura permitió el cruce de ambos. Ya me sudaban las manos y prefería no mirar al operario que con una mano manejaba el volante y con la otra se iba comunicando con sus compañeros, apretando y soltado el botón de la emisora. Por fin llegamos y nos bajamos con muchas ganas de empezar a caminar. La idea era llegar hasta la famosa cascada “Cola de Caballo” pero queríamos que la ruta fuese circular para no tener que volver por el mismo sitio de partida. Nos recomendaron empezar a subir por la “Senda de los Cazadores” para una vez llegar a la cascada volver de regreso por el valle. Nada más bajar del autobús nos dimos cuenta de la grandiosidad de aquella naturaleza salvaje.

Nos habían advertido que la dificultad era media ya que empezar la ruta subiendo por esa senda resultaba bastante paliza para las piernas por sus 800 metros de desnivel. La duración de todo el recorrido ida y vuelta son de unas 9 h con bastantes paradas para hacer infinidad de fotos, comer y reponer fuerzas. Empezamos por un espeso y sombrío bosque digno de cualquier cuento de hadas, vegetación formada por pinos silvestres, abetos y hayas.

Comenzamos subiendo mientras íbamos hablando y riendo pero al poco, a cada paso, abríamos menos la boca, el desnivel era importante. Grandes pedruscos se interponían entre nosotros, cantos gordos que en algunas ocasiones estaban sueltos. Las raíces de los árboles se aferraban al terreno fuertemente como no queriendo despeñarse. En algunos tramos teníamos que flexionar mucho las piernas e impulsarnos con los bastones para subir con menor esfuerzo, un gran acierto al llevarlos. A cada varios metros, una pequeña parada para coger aire y beber algo de agua, cuanto más arriba estábamos mayor era la contemplación del paisaje. Puedo decir que es de las zonas de montaña más bonitas de España que he conocido, si no la más bonita y todavía me quedaba mucho por ver en aquella jornada. El esfuerzo fue importante y llegamos al mirador de Calcilarruego, a 1.950 metros de altura. Una pasada las vistas desde ahí arriba, los autobuses de la pradera se veían como si fuesen Micro Machines. El día estaba claro así que las fotografías salieron preciosas, allí comimos nuestros bocadillos y descansamos una media hora.

Reanudamos la marcha y ahora tocaba seguir por la “Faja de Pelay”, un sendero cómodo y con suave descenso ya encaminados hacia la cascada “Cola de Caballo” aunque aún todavía nos quedaba mucho por andar. Sin prisa y disfrutando del buen tiempo y de aquel marco incomparable que se mostraba ante nosotros. A veces nos cruzábamos con algún corredor de Trail que hacia la misma ruta pero en sentido inverso, peña muy preparada y con un fondo físico increíble. También había padres con sus hijos pequeños, alguno con no más de 8 o 9 años. Nada mejor que iniciarles desde bien pequeños y acostumbrarlos a valorar y respetar a la madre tierra.

Qué bonito e idílico era todo aquello, que montañas, menudas alturas. Su mayor elevación es el Monte Perdido, del que en forma más o menos radial descienden una serie de impresionantes crestas montañosas y valles glaciares. Seguíamos caminando, seguíamos disfrutando, seguíamos haciendo más y más fotografías. Nos queríamos llevar a casa la mayor cantidad de recuerdos. También había gente que llevaba a sus perros aunque las normas del parque dicen claramente que deben ir atados en todo momento.

Los kilómetros iban cayendo, el cansancio ya nos iba pasando factura pero todavía teníamos agua y provisiones de sobra para rehacernos. El sendero descendía de forma más pronunciada y nos aproximábamos ya al “Circo de Soaso”, destino final donde se encuentra la famosa cascada. Al llegar te encuentras una planicie de origen glaciar rodeada por altas paredes de piedra. Un entorno singular que ha merecido estar en la lista del Patrimonio Mundial de UNESCO. Después de casi 45 minutos allí maravillados por la imagen de la imponente cascada y habiendo repuesto fuerzas volvimos a calzarnos las botas. Fue muy agradable meter al menos los pies en aquella agua tan fría. Bañarse está terminantemente prohibido.

Volvimos por el sendero GR-11 que va por el margen N del río Arazas, el sol ya iba cayendo y no podíamos entretenernos demasiado. El paisaje era súper bonito, ahora caminando por el valle nos fijábamos en la ladera de la montaña por donde habíamos venido y nos costaba creer que allá arriba hubiese un sendero. El valle se iba estrechando y podíamos admirar las espectaculares paredes del valle, excavadas por la erosión de un antiguo glaciar, disfrutar de los diversos saltos de agua que presenta el río Arazas, la cascada de Arripas, la cascada del Estrecho… Un placer extremo para todos los sentidos, en especial para la vista.

Ya estaba anocheciendo cuando llegamos a una cómoda pista cruzando bosques de pinos, hayas y algún prado que nos llevaría al parking, allí esperaban los autobuses de regreso a Torla. Había que espabilar y no perder el último o nos tocaría dormir la noche al raso. Subimos y nos dejamos caer como sacos de patatas en los asientos, muy cansados pero orgullosos de haber completado los 22 kilómetros de tan fantástica caminata. Fueron 4 días muy intensos porque nos dio tiempo a conocer Ainsa, el cañón de Añisclo e hicimos además la ruta al Valle de Otal. Queremos volver, hay mucho más que conocer.